El título admirativo que corona esta reflexión es un rechazo al cruce verbal mantenido por Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo como plato fuerte en su disputa por el triunfo electoral dentro de trece días. En vez de clarificar posturas, enturbiaron la confusión creada por intereses destinados a tapar vergüenzas. También se defendieron ante la mentira y el eco de falacias que negaron enfrentarse a la verdad en un cara a cara que no dejó escuchar ni expresarse. La batalla que se explayó en la dialéctica rudimentaria fue lamentable. Con interrupciones constantes, ¿quisieron esconder algo? Las dos alternativas de gobierno se enzarzaron en un diálogo de sordos que descolocó a los indecisos, cautivos de la suciedad ruidosa de quien no sabe hablar en público. Los pocos anuncios publicitarios, por una vez, relajaron. La tensión del espectador cabreó y éste se avergonzó de escuchar a un dueto desafinado. Ninguno reprimió su vulgaridad al ahuyentar la empatía comunicativa.
Si para transmitir una sensación de cercanía y democracia hay que recurrir a debates similares, mejor que no los repitan. Primero, deben aprender a escuchar y no desviar el interés a batallas propagandísticas. Estos gallos políticos defendieron su cantinela con un rap atropellado. Los dos soldados, con uniforme de madurez falsa, se erigieron como delegado de la clase y aspirante a dirigirla. Poco a poco, perdiendo interés hasta convertirse en guiñoles parlantes de su teatro, moscones regodeándose en el vómito de su palabrería desenfrenada. La desconsideración hacia el espectador se burló de una responsabilidad repudiada desde la primera intervención desbocada. Feujoó apostó por la agresividad y Pedro Sánchez, en el otro lado de la mesa, se revolvía en un nerviosismo principiante. Ambos desperdiciaron la oportunidad para hacerse entender. Ambos midieron sus fuerzas a través de una retórica basada en el protagonismo de acusaciones extenuantes. Ninguno de los dos estuvo a la altura de los acontecimientos, ninguno brilló como la solución para salir de una tormenta dirigida por las inclemencias internacionales y el caos sembrado en la política nacional. La sequía de propuestas disparó la emergencia de argumentos serios. Ninguno reprimió su vulgaridad al ahuyentar la empatía comunicativa mientras Feijoó estuvo cómodo en su falta de sinceridad con las políticas sociales. No dio el brazo a torcer en su lucha contra los independentistas que están gobernando gracias al sanchismo.
El espectáculo ofrecido por ambos fue vergonzoso. Feijóo rizó el rizo de la pantomima al ofrecer un pacto para que la lista más votada gobierne, desechando acuerdos que abraza con Vox. Los acuerdos de alcoba con la ultraderecha firman cheques al portador cargados de rentabilidad ideológica para Abascal. Vox, ese lobo que Sánchez no dejó de emparentar con el PP, tuvo una presencia notoria sin mediar palabra. En su intento de machacar al partido ultraderechista, se le ha abierto la puerta al convite inesperado.
No se lanzaron proyectos sólidos. El formato de un debate dirigido a la nación tampoco se respetó por culpa de un tú a tú lleno de reproches. Respetar, verbo manoseado por ambos, significa acatar el turno de uno para, luego, presentar las opciones que tranquilicen a todos. Y si hay que regañar, se hace pero con decoro, sin pisar las palabras. ¿Es tan difícil? Nada de eso se ha sentido. Hubiese sido provechoso que ambos se hubieran quedado en su casa meditando, aprendiendo el sosiego hablador de Jesús Quintero o leyendo un tebeo de Francisco Ibáñez. Mortaldeolo y Filemón, a pesar de sus diferencias, no saben vivir separados del antihéroe. Pedro Sánchez y Feijóo cosecharon mucho ruido sucio y pocas nueces en un debate que de histórico sólo tuvo su vocerío. Esta oportunidad desperdiciada para clarificar posiciones coincidió en la falta de concreción. Si PSOE y PP, a tenor de lo visto y escuchado, se fusionaran en el Partido de La taza del váter ganaríamos todos. |
|