El 20 de noviembre de 1975 era jueves. Día lectivo para los estudiantes y laboral para el trabajador. Yo, hace medio siglo, pertenecía al primer grupo. No era normal que esa época del calendario fuera soleada. Perezosos de jugar a las canicas, bebíamos los rayos de sol suave con la parsimonia de quien disfruta el recreo vespertino. De repente, este escenario placentero se removió para indicarnos que debíamos irnos a casa. Las palabras Y no volváis, hasta nuevo aviso, o algo así, nos sacaron escopetados del búnker escolar. Jueves y sin clase. Increíble. Menudo acueducto que se avecinaba. El trayecto transcurrido entre la escuela y la merienda de pan con chocolate aparece borroso, como esos momentos que disfrutas del retorno aventurero sin saber la naturaleza de esta retirada. Porque eso parecía: el regreso a las trincheras hogareñas de un soldado sin patria. La cara de la profesora era circunspecta, el poema de una pesadumbre. El mío, la oda a la alegría (con permiso de Ludwig van Beethoven). Las calles recorridas en mi repliegue, un canto al silencio. El resto fue (y es) un borrón convertido en pañuelo de lágrimas asustadizas para muchos.
El timbre y la cerradura de mi casa sonaron como una estridencia coral. La concentración familiar en torno a 625 líneas en blanco y negro acompañando la cena hogareña se tiñó de oscuridad sin luna. La típica raya peinando la pantalla de una cara conocida de vista, e intrascendente para mi, gobernaba el mundo. Un crío de diez años no le daba importancia. La mirada cariacontecida del desaliento con orejas de soplillo anunciaba lo que nadie se esperaba. ‹‹Españoles… Franco ha muerto››. La novela de la radio había sido sustituida por música clásica. ¿Qué ha pasado?… ¡Cosas de mayores! El típico comentario que marcaba los límites del escalafón familiar. Los periódicos guardados para inmortalizar el acontecimiento se perdieron por el moho cogido en una casa construida bajo las órdenes del dictador dentro de un proceso modernizador del país. Lo llamaban las casas baratas. Fueron los primeros pasos del desarrollismo que El Pardo tanto promocionó. El lamento anterior, convertido en sello histórico, provocó un silencio que se venía venir al que no di importancia. El tiempo me ha ayudado a entender su magnitud, y la ruptura que supuso de cuarenta años tenebrosos gobernados por el miedo de una nación encadenada a la parálisis totalitaria. Incluso entre las familias existía el temor/respeto a levantar la voz para discrepar de lo que los mayores llamaban El Régimen.
Aquel día se paró el mundo, como deseaba Mafalda. España quedó varada en un ¿y mañana, qué? incontestable. Era la pregunta del millón aunque la mentalidad de un chaval que estaba creciendo sólo veía el comienzo de un camino largo. Más adelante comprendí que ese trayecto tendría un nombre: libertad. Y ahora compruebo que, con adoquines carcomidos por una construcción deficiente, ha resistido. Recuerdo con memoria visual el izado de la bandera antes de entrar a clase, seguido del cántico en formación del himno español, las excursiones en las que los niños no podían juntarse con las niñas, prietas las filas, en hilera distanciada. La visita al local de la OJE como símbolo de crecimiento debía enorgullecer mi condición de flecha. Integraba una jerarquía en la que la entidad grupal primaba frente al individuo. Según la edad, los grados se distribuían en: Flechas (6-10 años), Arqueros (10-14 años), Cadetes (14-17 años), Guías (18-30 años) y Guías mayores (31 años en adelante). El águila de San Juan de la bandera rojigualda lo controlaba todo.
El recuerdo ha archivado el bombazo que supuso el asesinato de Carrero Blanco en 1973, que me pilló de camino a Madrid en una furgoneta Renault 4 por asuntos familiares; la crisis del petróleo en ese mismo año y su impactó en la economía española; el crecimiento de la oposición antifranquista, los zarpazos que desataron el terror de ETA y el FRAP. Hasta hoy han sido cincuenta años de andadura político-social que, aceptemos o no la inercia de los acontecimientos, han significado avance.
En 1975 jugaba a ser niño exprimiendo cada momento; tampoco buscaba la justificación de un todo que, muchas veces, no comprendía. El envalentonamiento del gallito colegial me rebotaba. La exclusión de la fiesta de cumpleaños organizada como clan social era frustrante, sobre todo si la chica agasajada excitaba el acercamiento escolar. Immanuel Kant dijo que ‹‹La felicidad no brota de la razón, sino de la imaginación››. Lo suscribo. En la adultez, cuando el paso de los años tiene su valor, recuerdo aquel año con el privilegio de haber asistido al parto de un cerebro colectivo llamado pluralidad social. Diez años después, en 1987, el mismo día que Franco engrosó las filas de la muerte, salió a la venta la versión 1.0 de Microsoft Windows. ¡Qué tiempos aquellos!
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