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LAS VOCES DEL SILENCIO

PALABRAS SOLIDARIAS
Histórico

 

EL PRECIO DE LA LOCURA HUMANA
Un partido de fútbol más caro que el caviar
JGS

Colombia-Portugal en la Copa Mundial de la FIFA 2026
 

La cultura en la que todo tiene un precio ha invadido el balompié gracias a unos Mundiales celebrados a tres bandas. El sentido mercantil se ha apoderado de este deporte junto al autoritarismo político que Donald Trump ejerce sobre todo lo que toca. Mientras los equipos nacionales juegan para ganar un título que les califique como la mejor selección del mundo, muchos hinchas han maquillado el fervor espiritual de apoyo a su representación gracias al poder del dinero. Se han visto doblegados por la invasión del dólar capaz de poner precio al sentimiento patriótico. Se crean comunidades de poderosos y pisoteados. El parné es capaz de comprarlo todo, hasta la necesidad de ver el triunfo (o la derrota) de nuestra selección en directo mientras nos negamos a leer la letra pequeña de una transacción con dos caras: la buena y la mala. Admitir esta dualidad abre los ojos de una ceguera autoimpuesta por la droga del placer más efímero y resacoso. Eso no importa cuando el balón se pone a rodar dirigido por los pies de seres galácticos capaces de impulsarlo como un misil de destrucción y victoria mentales.

La moneda valoriza al esparajismo, hace que los nervios se levanten de la grada con furia bursátil pitando un fuera de juego, un penalti o una falta que el arbitro no ha visto. El encuentro que enfrenta a Colombia y Portugal ha levantado un fervor clasista remarcando la distancia entre quien se puede permitir el lujo de pagar precios abusivos y quien no, entre el fanático irracional y el seguidor que se siente traicionado. La enorme comunidad colombiana de Miami anda agitada estos días con la celebración en el Hard Rock Stadium del choque Colombia-Portugal, pulverizando todas las expectativas al convertirse en el más demandado de toda la primera fase, disparando los precios de un tique a cifras desmesuradas. La presencia de Cristiano Ronaldo, más allá de la talla deportiva de ambas selecciones, ha acelerado el corazón a unos 600.000 colombianos, la mayor comunidad extranjera de la ciudad, sólo superada por la cubana. Que dos equipos nacionales se jueguen el liderato de grupo en su último partido antes de los cruces no es justificación para desatar esta fiebre del presentismo idólatra.

Es lógico que la gente tenga sus fetiches humanos, que haga de los jugadores de fútbol elemento consustancial de sus sueños y empuje patrio, pero desembolsar cantidades de guita escandalosas por ocupar los asientos de un estadio transformado en coliseo con gladiadores modernos es grotesco cuando puede disfrutarse en televisión o desde una zona para seguidores, habilitada por la Federación Colombiana de Fútbol (aunque aquí también existe la admisión general y la entrada VIP) en La Casa de La Sele. Conseguirla se ha convertido en una obsesión prohibitiva debido a los elevados (y criticados) precios de la reventa futbolera. La alta demanda riega las redes con un horquilla que va de los 2.600 hasta los 26.000 dólares por la entrada de grada más cara sin contar paquetes exclusivos que disparan la cifra hasta los 50.000 euros. No quejamos por los problemas del acceso a una vivienda digna, el encarecimiento de la comida o la gasolina pero nadie pone coto a esta tropelía especuladora y organizativa. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, sorprendía avanzando a Radio Caracol ‹‹Tenemos cerca de 30 millones de personas que quieren ir a este partido››. Según se acercaba el inicio del Mundial, Infantino estaba nervioso porque la venta de entradas no se acercaba a las expectativas cifrada en 500 millones de boletos. Todo está entre pesadilla, frustración, locura, sueño inalcanzable para la mayoría y una tomadura de pelo para el aficionado cabal. La estupidez humana merece un boicot saboteado por el entusiasta visceral. ¿Quién ha dicho que el dinero no cambia la vida ni el sentido de las aficiones?

 


JGS

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