La interpretación del fútbol como deporte nacional es injusta e imprecisa. Que sea seguido por una mayoría no le hace merecer dicha diferenciación, más próxima al estereotipo que a lo racional. El hecho de que, según datos del tercer Barómetro Hábitos Deportivos de la consultora SPSG Consulting, el 81% de los españoles (unos 38 millones de personas) son aficionados a esta disciplina abulta el dato anecdótico. El Consejo Superior de Deportes (CSD) concreta en sus estadísticas oficiales que esta afición lidera de forma absoluta el deporte federado. Algunos se empeñan en ensalzarlo como identificador que rompe cualquier barrera mientras la misma sociedad es incapaz de acercar el consenso convivencial. La audiencia televisiva de la final que cerró la Copa del Mundo de 2026 dejó cifras históricas en las grandes cadenas, alcanzando en España un promedio de 15,7 millones de espectadores con una cuota de pantalla del 87,1%. La celebración del triunfo frente a Argentina fue un festejo de manada ciega por el hincha victorioso que no puede conocer la derrota gracias a ese carácter de orgullo patriótico exaltado. Resulta gracioso, sino grotesco, observar cómo la multitud se lanza a la calle para festejar un éxito futbolero. Es un desahogarse, sacar pecho ante una defensa nacional que el fútbol militariza a su manera. A cualquier curioso le surge un interrogante que plantea dudas deportivas y solidarias. ¿Por qué no sucede lo mismo cuando el equipo olímpico español de gimnasia o karate consigue el mismo reconocimiento? Es sospechoso observar que la mayoría no expresa con tanto furor su españolismo cuando un yudoca o pentatleta son campeones mundiales en su categoría. ¡Y qué decir de la halterofilia!
El balompié juega con el componente adrenalínico que procesa la alegría como logro justificante de un desfogue que responde a deseos personales incontrolables. La obtención de la segunda estrella por la selección masculina de fútbol produce un locura agitada de la que todos, o casi todos, quieren participar, haciendo de la vitoria una fiesta para enorgullecimiento de la masa.
La tensión se libera cuando el contrincante es aplastado. Los balcones estallaron enloquecidos al conocerse el final de este torneo, abriendo la puerta al griterío consensuado del cántico ruidoso, como si la conmemoración debía medirse a través de decibelios. Bramidos de psiquiátrico propios de una tortura agradecida para celebrar el gol que hacía del logro deportivo en mérito patrio del que la multitud debe participar.
Lo que la política no alcanza, el fútbol lo logra: consigue unir a personas que en lo social pueden tirarse los trastos a la cabeza. Apacigua a la bestia que sólo atiende a las razones del corazón. Los seguidores del combinado noruego han levantado la fe del ritual vikingo menos bullicioso. Quienes se sumergen en la melopea de la algazara molesta, restriegan su mediocridad con orgullo vernáculo. Cada uno festeja la victoria (y la derrota, cuando se tercia) a su manera… y si parte de la ciudad no tiene que cerrarse por festejos imprevistos que emocionan a unos y cabrean a otros, mejor. No es lo mismo euforia deportiva que un triunfo eufórico. Los servicios de limpieza se encargarán de ocultar el desaguisado que está borrachera de éxito justificada alfombra las calles de Madrid. España deja de ser plurinacional para convertirse en una, grande y única arropada por la misma bandera (sin sombra de arbonaida andaluza, andeira gallega, ikurriña vasca, senyera catalana, pendón coronado castellano o de emblema cuatribarrado aragonés).
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