El pequeño ha estado debajo del grande y seguirá siendo así aunque moleste. Desde que la sociedad industrial se impuso, las empresas han manejado el destino de los ciudadanos (trabajadores y empresarios). Algunas empresas que han levantado el régimen capitalista no son trigo limpio; han crecido enarbolando la bandera de la libertad comercial olvidando los derechos humanos. El silencio de los métodos utilizados para alcanzar este logro planea como un buitre vigilante sobre la legalidad. A veces, fruto de la casualidad, surgen personas que, sin quererlo, se convierten en adalides de causas perdidas; observan la injusticia cometida e impulsan la lucha contra el opresor.
Wilbur Tennant es uno de esos personajes anónimos convertidos en víctima que, encerrado en su ratonera del bosque profundo, aguanta estoico los desmanes que un gigante de la empresa química está llevando contra el paisaje, sus animales, su granja, su organismo y su alma. La trama puede perderse en la balsa del drama convencional que presenta al abogado contra el sistema. Rob Bilott, en el otro extremo de la realidad, protagoniza una cinta donde el empeño se enfrenta con el suspense en un pulso que se desmarca de la heroicidad. Su tesón es la línea continua que marca el recorrido de un largometraje aspirante a ser algo más que una película de abogados. El conocimiento del caso por parte de este hombre comienza a mover las aguas fangosas de un pantano contaminado. El interés se mezcla con la preocupación cuando esta zona, con signos de contaminación, ha pertenecido a su infancia. Las vacas mueren, los pastos y el agua están envenenados, la intranquilidad y el interés por el caso aumentan.
Aguas profundas cuenta, con pinceladas de tragedia documental, la vida de un abogado que cambia de bando cuando observa las irregularidades cometidas por DuPont sobre ciudadanos abandonados a su suerte. Los recuerdos son un referente en sus acciones futuras. La furia del letrado agresivo huye, la tenacidad del reflexivo se pone al servicio de la causa. La estabilidad familiar camina por la ruptura, la necesidad de desenmascarar al culpable es una agresión al entorno que Rob no ve. Es un personaje entrañable, dulce, valiente sin heroicidades, modesto, firme y calmado; muestra la rabia en la dedicación al trabajo continuado. Las interpretaciones convincentes aportan seriedad: desde
Mark Ruffalo en el papel de Rob Bilott hasta Bill Camp, como Wilbur Tennant (Bill Camp), la presencia importante de
Anne Hathaway (Sarah Barlage Bilott), Tim Robbins (Tom Terp), su jefe de buffete. La parte mala tiene momentos de gloria interpretativa con un ejecutivo importante de DuPont derrumbándose ante la presión que no supera la evidencia.