La fotografía tiene la cualidad de sensibilizar al mundo con su impacto visual. El fotoperiodismo es un vehículo rico para acercar la realidad que se esconde al mundo. Todos recordarán al
niño famélico que Kevin Carter captó en Sudán y fue criticado con dureza al permanecer inmóvil en vez de espantar al buitre que esperaba la muerte de Kong Nyong. El cadáver de
Aylan Kurdi a la orilla del Mediterráneo conmovió a la opinión internacional. Esta criatura se convirtió en la avanzadilla de una avalancha que sigue inundando Europa con ferocidad inocente por el despropósito de las naciones civilizadas. Muros nuevos contienen las oleadas que invaden un continente cada vez más radicalizado. Con esta premisa se presenta
Mediterráneo, una película bien intencionada pero que, desde su inicio, acusa la falta de sensibilidad con el problema de los
refugiados. El comienzo de baratija playera recuerda a otra secuela de
Tiburón, se aleja de las poses estilizadas con que Pamela Anderson o Zac Efron vigilaban las playas californianas en 1989 y 2017. Tampoco pretende imitarlos sino arrancar una odisea solidaria como si viajar a Grecia fuera una decisión tomada bajo premisas con más corazón que sentido común. Lesbos se convierte en la meta de socorristas enfrentados en su intención de acercarse a sus litorales para acabar con la tragedia de las personas que huyen de los conflictos armados para formar parte del sueño europeo. La proeza es audaz y poco meditada, dirigida al público fácil que olvida la génesis del éxodo. La realidad sobrecogedora los acerca a un viaje turístico por las penalidades del viejo continente. Mientras, la tragedia se cierne sobre las costas helenas con Turquía como cuartel de las mafias traficantes de personas. La dejadez de las autoridades griegas tiene un papel ilustrativo. Y qué decir de las instancias europeas instaladas en su dejadez política e inexistentes en el drama cinematográfico. El director Manuel Barrena se ciñe al terreno para contar una realidad blanda de salvador y salvado, de lugareños que también viven el problema en sus carnes y son capaces de interiorizarlo. La tenacidad emprendedora de Nico y Gerard retrata a los padres de la
ONG Open Arms como aventureros de un voluntariado veraniego. El objetivo hubiera sido creíble con una factura más documental que de realidad silumada.