Las esperanza del espectador deposita en la figura de Simone Veil la necesidad de encontrarse con un largometraje intelectual al estilo de
Hannah Arendt. El título atrae la apetencia por descubrirla o profundizar en lo conocido. Simone Veil, distante de la filósofa
Simone Weil por una cuestión ortográfica, forma parte de la Historia al conocer personalmente los horrores y errores del hombre. Fue víctima de su naturaleza más salvaje. La experiencia en los
campos de concentración nazi marcó una trayectoria profesional interesada en las carencias comunitarias azuzadas por el abandono y la intransigencia políticos. El carácter educativo impera en el metraje de
Simone, la mujer del siglo. Su tenacidad alcanzó logros que hoy consideramos básicos como la despenalización del aborto en Francia al promover la
Ley Veil de 1975, la atención a los enfermos de sida, mejorar las condiciones de vida de los reclusos, denunciar la tortura durante la
guerra de Argelia o algo tan básico como reivindicar la independencia laboral femenina. Se enfrentó al orden moral que la Iglesia católica quería mantener. Luchó en favor del
colectivo LGTBI, denunció la situación inhumana de la población civil durante la
guerra en Bosnia-Herzegovina. Batalló en la política de corte falócrata.
El recorrido vital no sigue una trayectoria lineal sino que sortea altos y bajos trazados por los acontecimientos bélicos y políticos de Europa. La felicidad de una infancia laica marcada por una familia burguesa se rompió a los 16 años cuando fue deportada a
Auschwitz-Birkenau junto a su madre y su hermana Milou. También
visitó Bergen-Belsen. El papel materno fue capital al inculcarle el valor de la independencia dentro de una sociedad machista. La fuerza de la pareja lubrica el engranaje entre
Simone Annie Liline Jacob y su marido.
Antoine Veil la animó desde un segundo plano discreto y decisivo. El vínculo entre ambos maduró a través de una convivencia basada en el respeto y apoyo.