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CINE Y ESPECTÁCULOS
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TAN ÁSPERA COMO INCÓMODA
Película Sala de profesores


J. G.
(Madrid, España)

Sala de profesores
Ficha Técnica Video    
La educación germana tiene el privilegio o sambenito de catalogarse como una de las más disciplinadas y modernas de Europa. También se caracteriza por la plurinacionalidad de sus alumnos. El desarrollo de su evolución es inferior al de la maldad humana y su repercusión en el aula. La lucha entre titanes que se plantea en Sala de profesores reta a la paciencia de la venganza y la sobriedad del razonamiento. Semejante nivel de flexibilidad puede granjear problemas de entendimiento entre quien no busca arreglos conflictivos y quien prefiere dilatar el encontronazo. La solución consensuada no llegará nunca por la existencia del culpable e inocente como figuras doblemente interpretadas. En medio, se encuentra el móvil de la tragedia: el robo. Una acusación con pruebas sin rostro detona una queja tomada como persecución. La profesora que comienza su rutina docente se topa con la crueldad que el acusado despliega mientras no se demuestre lo contrario.
 
Oskar Kuhn (Leonard Stettnisch), el alumno sospechoso  
Carla Nowak (Leonie Benesch), la profesora nueva
Si el esqueleto de este largometraje invita a reflexionar sobre su desmembramiento, el ropaje (diálogos, dramaturgia) no llama a sentir su tacto. Una vez planteado el conflicto se tiende a su resolución sin que el alumnado sufra. Su arrogancia se convierte en exigencia por conocer una verdad que este investiga con herramientas de tecnología social y celo periodístico. Dichas averiguaciones sirven para atacar a la educadora cuestionando su discurso. El dilema con protagonismo adolescente se enfrenta a la trinchera del razonamiento adulto. La anécdota se convierte en radiografía del entorno pedagógico donde privacidad, responsabilidad académica o estigmatización se miran con lupa. Las políticas de tolerancia cero se tambalean entre la necesidad de encontrar al culpable y la cautela que no quiere ser considerada racista o intransigente. Se cuestiona hasta qué punto la justicia debe someterse a la matemática de una investigación que no se inicia. Se debate sobre moralidad pero no se ponen los medios para dilucidar un enigma de denuncia fácil y peligrosa. El hurto inicial necesita una cabeza de turco que, aquí, desencadena una revancha personal.
Friederike Kuhn (Eva Löbau)  
Algunos profesores, compañeros de Carla Nowak

El componente racial eleva la tensión y el prejuicio aviva la sospecha. La oleada de saqueos en el colegio de una sociedad heterogénea se estrella en el tópico étnico. A pesar de que el camino argumental está bien trazado, el hecho de que la culpa de las sustracciones recaiga sobre un estudiante árabe desinfla el interés por conocer al infractor. Atrae un recorrido escarpado por el comportamiento humano. El espectador permanece en una intriga alentada por la privacidad de Carla Nowak. Su mediación entre los padres indignados y pupilos agresivos levanta la cólera del alumno vengativo contra el profesor indefenso. La verdad de Carla es echada por tierra mientras sus colegas se agazapan en la precaución que no mueve un dedo para conocer lo sucedido. Las miradas se centran en ella aguantando la presión del grupo. Su decisión opta por la postura más cabal para acabar con esta bomba de relojería. Hay tirantez incómoda. Sala de profesores es fría, gris y distante. Esboza un acto luctuoso para alentar la hostilidad que esconde xenofobia. El montaje dinámico es frenado por la tibieza actoral que desluce lo que sucede alrededor. La propuesta de Ilker Çatak es plana a pesar de los cambios de humor en Carla, sus histerias y un ámbito congelado por la huelga estudiantil de brazos cruzados. Es más pesada que llevadera. La culpa es un concepto que no siempre es descubierto por las pruebas más tangibles. Ni Carla ni los niños son víctimas de lo que pasa sino la verdad.

J. G.


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