La temática transexual como soporte cinematográfico ilustrativo, aunque queden asperezas sociales por limar, ya no sorprende. Mucho menos de la manera en que Marta Nieto ha construido su ópera prima como directora. Se trata de una trabajo al que no se le puede quitar méritos de aventura primeriza. Se atasca en el acercamiento de vivencias
trans a un mundo que huye de lo normalizado a través de su diversidad. La intentona reivindicativa se diluye entre planos desfigurados e imágenes que hacen de la plasticidad pictórica parte de una realidad enmarcada en los sueños de una madre que encuentra un reto inesperado. Si Julio Iglesias
se olvidó de vivir, Ana se olvidó de quererse a sí misma, es intranquilidad y frustración que el espectador comparte al verla agonizar en la responsabilidad familiar que ella engrandece. La naturalidad de su hijo Son (el lector decidirá su sexo) no ha sido manchada por la conveniencia social. Da sentido a momentos que se sirven de espejos y desenfoques como elementos narrativos. El contraste se impone entre los comportamientos materno-filiales: una, aparentando adultez y otro, mostrándose tal como es. A pesar de que la comunicación
intrafamiliar existe, el desacuerdo entre los adultos se mezcla con las frustraciones de una vida centrada en el trabajo. La consagración maternal a las labores domésticas es superada por las ganas de vivir que aún no conocen la diferencia entre tener pene o vagina. La inquietud comienza a plantearse esas preguntas. El dilema surge de manera espontánea y surrealista, forzado por la necesidad de escribir un guion en el que la trans-formación debe aparecer para llamar la atención ya que, sin esta duda,
La mitad de Ana no tendría sentido. La apertura de demasiados frentes se estrella en vía muerta.