Cuenta la leyenda que había un tiempo en el calendario para disfrutar de manera distinta al resto de los días. Un momento en el que las calles se llenaban de alegría reflejada en las caras y actitud de la gente. Un tiempo para el alborozo mutuo, para analizar el año trascurrido y desear prosperidad en el venidero. Hubo un tiempo en el que las guerras albergaban la esperanza de una paz duradera, no como ahora que yace en el cementerio de los olvidados. Lástima que se reproduzcan con constancia férrea, envueltas en técnicas más perfeccionadas para matar: más quirúrgicas, según los entendidos en su ejecución y análisis. Más cotidianas, menos alarmantes excepto cuando olemos una proximidad que embadurna con su hedor nuestro territorio geosocial. El día a día.
Siguiendo el relato de este momento fosilizado, hubo un tiempo para tirarse bolas de nieve, y patinar por el asfalto helado, cuando venía al caso. Ahora, cazadora y bufanda se apartan en el armario, dejándolas apolillar hasta bien entrado un invierno que ha perdido su identidad. La acción humana destructora de la naturaleza quiere esclavizarla. La climatología no se ha plegado a la evolución tecnológica del tiempo moderno sino que la hemos sometido a una falsa dominación, capaz de sorprendernos merecidamente con desbordamientos y tsunamis, en otras épocas atribuidos a maldiciones divinas. Interesa acariciar la novedad en teléfonos móviles que nos hacen la vida más cómoda, adictiva y dependiente. Enferma. La Cuarta Revolución Industrial es tecnológica, presenta a la Navidad una pasarela golosa para los apetitos materiales. Todo depende del sacrificio económico que busque el engorde del paquete navideño en forma de sugerencia cándida o auto regalo.
La ciudad se transforma en un escaparate lumínico con ganas de nocturnidad. Las tiendas, espejo del consumo necesario para la supervivencia autóctona y foránea, despliegan su poderío iluminador cuando la refulgencia del sol se apaga, negando el sueño y el descanso. La contaminación lumínica vulnera estos derechos, su polución quiere repartir hermanamiento convertida en maltratador con el que hemos aprendido a convivir. Hasta la teatralización de Papá Noel cargando obsequios malos para la caries es simbología de la felicidad ficticia. Las avenidas pateadas por hormigas envueltas en el tumulto mareante rumian un deseo inalcanzable para la mayoría. En estas fechas, queremos ser millonarios con más ahínco, confiando el futuro a la numerología, un nombre fetiche (Doña Manolita) o un guarismo tatuado en un presentimiento hipnotizado por la importancia que queramos darle. Es posible que Karl Marx viera las campañas comerciales de esta época como un refuerzo laboral. Milton Friedman, líder del monetarismo, quizás las plantearía como una solución de mercado en forma de burbuja presta a estallar pasado el jolgorio festivo. Los consejos más templados sugieren gaste con moderación, no espere al último momento cuando las compras in extremis responden a un trámite exento de ilusión.
Nuestros antepasados reconocían algo de cariño en el fenómeno navideño. La generación actual lo interpreta como sinónimo de puente, vacación, comilona o gasto irremediable para satisfacer necesidades que, muchas veces, acoplamos más al gusto del regalador que al de la persona agasajada. La Navidad debería romper el distanciamiento entre creyentes y ateos dentro de una religiosidad cada vez menos institucional. Hace tiempo que dejó de ser la perla del Cristianismo para quedarse en liturgia que se agarra a la IA y no sucumbir. Algunos alcaldes aprovechan este sentimiento compitiendo en la iluminación de sus calles como si fueran una casa de muñecas ocupada por aves nocturnas emborrachadas de luz mística. Este pistoletazo seudonavideño, lejos de respetar el momento, ilumina un egocentrismo camuflado de servicio público. ¿Es algo coherente, la respuesta a una lógica necesaria de la socialización onomástica o un alumbramiento circense? En Madrid se han encendido más de 13 millones de bombillas LED, y en Vigo, rival de Nueva York por ser la ciudad con mayor iluminación nocturna en una estrategia de mercado, cerca de 12 millones. Ni tan siquiera el turrón sabe a almendra tostada debido al abaratamiento en los costes de producción. La invasión de marcas favorece la rentabilidad comercial en el producto. Si se busca un turrón original, cercano a la piedra golosa, hay que pagarlo. Si ‹‹La muerte tenía un precio››, el turrón lo tiene más. El silbido que el músico español Kurt 'Curro' Savoy (Fernando Rodríguez) inmortalizó bajo las órdenes de Ennio Morricone se repite sin inspiración artística cada vez que visitas el mercado. El banco se encarga de recordarte la delgadez de una cuenta bancaria empachada de mazapanes. Luego vendrá la cuesta de enero, tema para otro relato. Esta época de consumo alegre es ejemplo de derroche que pretende innovar nuestra forma de gastar el tiempo y el bolsillo.
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