La formación de Santiago Abascal es maestra en sacar rédito político a las tragedias. Es el fango donde sus argumentos cobran más peso, sobre todo atacando al PSOE. Se deshace en llamarlo corrupto, cuando puede serlo, sin aportar pruebas concluyentes que mantengan esa afirmación. El último desliz ha sido la tragedia ferroviaria sucedida en Adamuz. La reacción impertérrita de Vox con las víctimas del accidente crea caos utilizándolas como mercancía de panfletos políticos instaurados en la corrupción socialista y la mafia política española. ¿El uso de la palabra mafia es una estrategia de poder basado en la acusación ensañada? Vox carece de autocrítica a la hora de verter declaraciones incendiarias por el sumidero de la sinrazón ideológica. La muerte es la bandera legionaria de un partido político que funciona con el argumentario sin papeles, el politiqueo improvisado, la jarana demagógica con la que excita su libido insensible. Lo siento por los machotes de ultraderecha que torran su musculatura populista, cara al sol, con más intensidad en momentos dolorosos como el que toca. Ya no va de empatía sino de comprensión y respeto al desaliento ajeno, algo que los acólitos de Vox desconocen mientras sacan pecho entre camisas azules y apetencia por la polémica antipatriótica. A la formación de Abascal le sobra egocentrismo para aumentar su peso representativo valiéndose de la desgracia, encontrando en Pedro Sánchez el primer y principal culpable de todos los males españoles.
La falta de consideración ante las muertes ocasionadas en el choque entre los trenes Iryo y Alvia demuestra la insensibilidad de quien quiere hacer prisioneros a cualquier precio, secuestrando la verdad para maquillarla con pirotecnia verbal y semblante cazador. A Vox le falta aprender humildad, hacer piña política cuando toca, en vez de buscar protagonismo desmarcándose de la aflicción general. La mejor manera de minimizar palabras vomitivas es enfrentarlas sin dar cuartel a una actitud que, con tintes de civismo marcial, se hunde en la miseria más profunda. No dedicar una línea a su crítica tiene parte de irresponsabilidad colectiva. Quienes se sienten demócratas (pero no de pacotilla) jamás jugarían con los sentimientos originados por una fatalidad en la que pedir responsabilidades es un ejercicio simétrico al arropamiento de las víctimas. La búsqueda del culpable gubernamental, en un ejercicio de cacería mayor, supone una prioridad para el político vasco ultraderechista, amante cinegético. Ha organizado una montería en la que dispara con armas reglamentarias, portadoras de cartuchos envenenados con pólvora ansiosa por ver rodar cabezas. El ansia por el desquite personal le puede a la espera de los informes técnicos. Abascal es adrenalina antidemocrática, un agitador de masas que instrumentaliza la palabra para azuzar al resto de la casta política. Sus modales cáusticos, maliciosos, formalmente incorrectos, chispeantes, amantes de lo irreverente y repulsivo, apuntan a la médula de la permeabilidad social.
Esta catástrofe ha dejado clara, con fuerza de seísmo moral, la inmadurez de la derecha radical, la teatralidad morbosa del pedante que quiere hacer la revolución apoyándose en la fuerza de la convulsión vocal. El rey del extremismo ha vuelto a demostrar el grosor de su pelaje ético; la soberbia que busca en lo explosivo el peso del enfado; el tonelaje de una ira que ambiciona la manera de alzarse con el protagonismo barato que tanto cuaja en España, sin que sea grande ni libre; la necesidad de existencia y reconocimiento que imita a los personajes de Pirandello buscando un autor (orgullo, egolatría, reconquista libresca de valores caducos, vulgaridad, intolerancia y desprecio al luto como arma ofensiva). Mientras Santiago Abascal acusa a los politicuchos que nos han condenado al silencio, el bilbaíno contraataca con el eco de eructos expresivos para confundir a la opinión pública. Vox es una víbora desdentada.
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