Cuando se habla de la identidad de género es fácil caer en la frivolidad o aprovechar la temática para tratar de manera suave un tema de repercusión social. La comedia con tintes de atraco nocturno y seudobandálico se siente cómoda en la locura almodovariana del disfraz que juega con lo femenino convertido en chiste fácil con olor a gasolina. La situación familiar particular catapulta una rama que pasa de lo realista al ejercicio de transformismo ladrón con facilidad, amparado por la nocturnidad que todo lo confunde. Norberto se debate entre la supervivencia que arregla ropa para el vecindario y sacarse uno dinerillo extra gracias al robo sin intención agresiva. El inicio potente a través del desvalijamiento educado inventa un
Bonnie y Clyde que actúa al estilo de
dame la pasta y adiós sin rebeldía
quinqui ni carcajada imprevisible. El saqueo impulsado por la vestimenta de mujer es un giro al arranque disparatado. Ese protagonismo del atuendo femenil puesto sobre piel masculina despierta sensaciones en un hombre que amplía su madurez mental. Es el generador de dudas que ponen en tela de juicio una decisión vista con sorpresa por su círculo familiar (exceptuando una hija que va de alternativa). Su adolescencia reivindica el
poliamor y lo que denomina
género fluido. La necesidad de una transición genera preguntas dormidas hasta ahora. La llamada al contexto
LGTBI+ busca un sitio en su inclusión poniendo patas arriba una normalidad que se vuelve incómoda. La actitud de Norberto choca con el nervio justificado de María al recibir lo que interpreta como un puñetazo en el estomago sin intención de dañarla aunque ella lo sienta así.