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CINE Y ESPECTÁCULOS
CARTELERA CULTURAL
Histórico
 
 
 


VOCES Y SILENCIOS
Película Camboya, 1978


J. G.
(Madrid, España)

Camboya, 1978
Ficha Técnica Video    
Los gobiernos tiránicos tiene por costumbre invitar a algunos periodistas para que comprueben la tranquilidad de su nación. Es el único momento en el que la libertad se saca a pasear a través de postales orquestadas por banderines. Rithy Panh se adentra en las tripas del conflicto camboyano proponiendo un recorrido con guías adiestrados para camuflar incomodidades a las mentes inquietas, regresa a su tierra para arañar sin provocar dolor en un relato más documental que dramático. La historia se revuelve magullada entre escalofríos y nombres propios preservadores de la limpieza étnica. Les Larmes du Cambodge: l’histoire d’un autogénocide es el libro de Elizabeth Becker que empujó a esta traducción visual libre de sus páginas con licencias comprensibles al desarrollo escénico. El pueblo aparece como la víctima indefensa que sobrevive al gobierno de una dictadura autoproclamada democrática. El pasado no se despierta con la intención de arreglar cuentas sino de recordar su importancia. La idea del genocidio pulula entre horizontes vetados e interrogantes sin contestar mientras la vigilancia policial acorta y dirige los pasos de tres periodistas privilegiados. La dictadura se viste de  república popular  para significar que no da peces al ciudadano sino que enseña a pescarlos. El sudor en su frente podría interpretarse como el producto de trabajos forzados que revertirán en el bien de la comunidad.
 
Lise Delbo (Irène Jacob), Alain Cariou (Grégoire Colin) y Paul Thomas (Cyril Gueï)  
En primer plano, Alain Cariou, junto a sus compañeros

Los personajes de Camboya, 1978 aterrizan en un mundo cerrado a análisis exteriores, dirigido por la omnisciencia de una invención política enmarcada en el misticismo de su apelativo: Hermano número 1. La iconografía ideológica esculpida en torno a Pol Pot, o Saloth Sar si se respeta su nombre verdadero, obliga a una adoración ciega. La entrada en este túnel del tiempo inicia un viaje al pretérito donde la sensación de vacío dibuja un recibimiento desolado convertido en plató. La identificación del hotel de bienvenida con una base militar engorda el papel carcelario de la institución que manda en la madriguera custodiada por la ideología del terror. Es la puerta de una prisión sin rejas donde moverse para sondear al lugareño sin que un fusil invisible le impida hablar con independencia resulta muy difícil. La ambientación y el paisaje mezclan lo exótico con la falta de transparencia y la impotencia que observa cómo el mundo se divide entre los que están dentro del agujero y quienes no pertenecen a él.
El relato se basa en los testimonios recogidos por Lise (Irène Jacob) haciendo preguntas incómodas que encuentran respuestas evasivas como parte de un manual de adoctrinamiento político. Su curiosidad cuestiona, micrófono en mano, el liderazgo de Pol Pot a través del documento sonoro fiable. El silencio de sus respuestas dice mucho de la entrevista mantenida. A su lado, el fotorreportero que traspasa el telón construido se convierte en molesto. La invitación con intenciones protocolarias abre las puertas de un cementerio donde el miedo ha plantado bandera. El paseillo de los protagonistas se encuentra con miradas cuyo gesto define al horror. Horror y miedo a ser descubiertos mientras se comportan como zombis amaestrados en la defensa nacional. Son imágenes tan tétricas como devastadoras que muestran una realidad escondida entre pilas de cadáveres sobre las que hubiera sido interesante indagar aunque todo queda dicho con su omisión.
El viaje a las profundidades de la brutalidad combina lo periodístico con la narración cinematográfica que no puede ocultar la verdad del lugar. Los tonos arcillosos de figuras estáticas lanzan mensajes sin hablar entre la frondosidad selvática de un decorado artificial poco poético.

Paul Thomas (Cyril Gueï)  
Lise Delbo haciendo su trabajo: recogiendo testimonios de miembros del PCK

La presencia forastera de Lise Delbo, Paul Thomas junto al ideólogo y profesor ultra-maoísta Alain Cariou comparten aires de soledad. Lo hacen unidos a las caras del pueblo rellenando una sociedad fantasma barnizada de colectividad que labra el futuro en poder de manos espeluznantes: los Jemeres Rojos. El trío simboliza una invitación de cartón destinada a enseñar la bondad revolucionaria del Angka, comité central del PCK cuando a estos embajadores de la civilización no se les permite mirar más allá de ventanas que el programa de vigilancia gubernamental ha dispuesto para su confort.
Camboya, 1978 se asoma a los lugares autorizados de una isla que hace de la democracia una demagogia centrada en el ataque al imperialismo extranjero. Rithy Panh lleva en la sangre la denuncia política, ilustra el exterminio perpetrado por el Partido Comunista Jemer con otro ejemplo de cómo el hombre puede manipular a las gentes y el destino de una nación sin que nadie lo impida. Cambodia, la canción de Kim Wilde inspirada en la campaña de bombardeos que Estados Unidos llevó a cabo durante la Operación Menú de la Guerra de Vietnam, y los Conciertos para el Pueblo de Kampuchea son referencias contestatarias que surgen cuando el nombre de Camboya sale a la palestra.

J. G.


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