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EL INFLUJO DE LA OLIGARQUÍA RUSA
EN UNA CENICIENTA MODERNA
Película Anora
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica |
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El sexo es una manera de excitar a la provocación que, usada con postureo, finge su denuncia como explotación laboral. Se convierte en materia social que confunde su crítica con la exposición de la ociosidad y necesidad humanas. Para no caer en su exceso hay que saber administrarla sin que resulte trivial. Sean Baker la utiliza de envoltorio para cubrir las vergüenzas de una película aturullada y descosida, borracha de locura adolescente, alejada de la implicación ética. La obra estalla en la cara del creador mientras este se encuentra embelesado con el potencial de su universo. La madurez desplegada en The Florida Project se introdujo en el suburbio con delicadeza, sin la aceleración justificada por las ganas de vivir rápido gracias a la pasta, no precisamente italiana. La introducción del espectador en el mundo de los prostíbulos con sala VIP aparece como escaparate donde la carne se compra por placer y se vende por obligación. Carne humana exhibida para ganarse el jornal y hacer de la profesión más ancestral la descarga de las tensiones modernas, arrullada por las caricias de billetes que queman en unos y otras aplacan. El deseo de incomodar apenas se huele excepto para quienes se sientan ofendidos o excitados ante el muestrario de contorsiones en tanga y toples. Aparentar que Anora reflexiona sobre la prostitución es fácil.
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El mundo escondido de los clubs de alterne es un hervidero para el análisis sicológico de los perfiles masculino y femenino convertidos en cazador y presa que se pone a tiro por compromiso laboral. La diana fácil colisiona con la sentido lobero del macho, devorado por el coito rápido. Meretriz y niño adinerado se miran de frente, comparten caricias, cama, vidas con intenciones y propósitos diferentes.
El guion vacío y tontorrón aumenta el colesterol de un relato pringoso, empeñado en pasear su ligereza formal, paralela a la idea del capricho (aunque Ani sienta algo de cariño hacia Ivan 'Vanya' Zakharov). Si Baquerizo y Alaska se casaron en Las Vegas, ¿por qué no lo iban a hacer estos tortolitos durante uno de sus picos alucinógenos? Vanya es el vástago estólido de oligarcas rusos que viene a Brooklyn cargado de procacidad genital en busca de barra libre para sus apetitos y prepotencia. El enredo se enmaraña con simplicidad, obligado a tipismos mafiosos, gorilas armenios y eslavos, el poder del rublo convertido en dólar o el alejamiento de un hijo para que adquiera cultura occidental y formación norteamericana. Los matones enviados por un padre desesperado para desbaratar los desmanes filiales rellenan situaciones más penosas que cómicas dentro de un mundo corrompido. Sólo Igor muestra una sensibilidad oculta bajo su fachada dura. |
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Es posible que la entrega de los personajes haya sido total pero el resultado obtenido cansa al enseñar el descontrol de una generación perdida que pronto se engancha al peso del dinero. Se lanzan al aire golosinas lisérgicas accesibles para el poderoso económicamente y los gorriones que quieran comer de su mano.
Tratar a Ani/Anora como estereotipo que representa a cierta marginalidad es un error en el que los juicios fáciles se restriegan con sabor a lupanar. Encasillarla en la consecución del sueño americano es otro tópico ordinario. Resulta más entendible como el braguetazo en toda regla sin proponérselo, la antítesis de Pretty Woman. ¿Fue una víctima del destino o de decisiones poco meditadas, impulsivas? El don de lenguas le sirve de muy poco a la joven trabajadora sexual uzbeko-americana de Brighton Beach. |
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Anora no presenta las costuras bien atadas, es un desparrame de escenas vacías, inútiles, sin narrativa ni armazón dramático: una chirigota disfrazada de gamberrismo atractivo para la sonrisa fácil. La concatenación de sorpresas va del rosa al gris en forma de calamidad cada vez más evidente. La sombra del peculio como privilegio social hace del amor un elemento mercantil guiado por el ímpetu de testosterona chorreando endorfinas entre las piernas, unida a la oportunidad de salir del fango.
El rodaje en 35 mm con objetivos anamórficos es un dato técnico que obliga a adjetivar este apartado del largometraje como curiosidad. Para conseguirlo, Drew Daniels, el director de fotografía de Red Rocket, aparece en el equipo técnico. Sean Baker carga contra el poder destructivo del capitalismo en manos de quien no sabe administrarlo sin atacar al sistema económico basado en el libre mercado. Lástima que para encontrar algo decente con la ruptura del sueño americano, anteriormente mencionado, haya que masticar este engrudo cargante para quienes amen el cine que sepa manejar los tiempos en su exhibición. Al realizador de Nueva Jersey se le ha ido la olla y el Festival de Cannes lo celebró por todo lo alto. |
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