Los vampiros no son seres desconocidos en el cine pero los especímenes de esta comedia, con turbulencias a la británica, aparecen tan normales como diferentes. Este es el gran acierto de un trabajo que los presenta alejados del ajo y las noches tormentosas, de la penumbra y los espejos vacíos de su sombra. La familia Radley es discreta en una barrio de la Inglaterra tradicional donde no pasa nada, excepto en sus vidas. El fenómeno vampírico deja de lado la fase sobrenatural, una escenificación tétrica y los estándares que encasillan a individuos con poderes especiales. La sangre está presente sin que su protagonismo tiña de rojo las escenas. Es otro atuendo del ropaje que viste al entretenimiento rompedor con la normalidad. Su universo se excita mordiendo yugulares. Los fenómenos extraordinarios se juntan con los típicos de la adolescencia que no reprime el deseo de la química homosexual. Esta familia, alejada de lo frikis que son Los Adams, pasa por un periodo de rehabilitación que salta de la abstinencia a la recurrencia motivada por el fluido sanguíneo.
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Que el vampiro se presente como alguien con deseos y experiencias reconocibles, desde la pérdida de la virginidad hasta la caducidad del amor, humaniza el contexto. Tampoco falta la chispa del familiar que incita a la permisividad absoluta, incluso traspasando los límites del parentesco. El amor, los celos o el desengaño, unidos a un alcoholismo particular, lo llenan todo.
Ni Tom Cruise dirigido por Neil Jordan, ni Francis Ford Coppola, ni Eddie Murphy como un murciélago suelto por Nueva York, ni las alimañas de John Carpenter encajan en Los Radley, de planteamiento más cercano al mortal. La versatilidad de Damian Lewis, recordado por trabajar a las órdenes de Tarantino en Érase una vez en... Hollywood, se mueve entre lo pijo y lo sórdido, según el personaje a interpretar. Esta adaptación de la novela homónima, escrita por Matt Haig del mundo vampírico, ofrece un tratamiento refrescante de un tema trillado. Se desmarca de las formas convencionales dentro de un argumento que no se sale de lo corriente. La masculinidad llena de testosterona se encuentra con una interpretación particular de que el movimiento #MeToo sigue latente.
Lo importante del trayecto es disfrutar el camino en vez de ansiar un final que puede agradar o decepcionar en esta historia interminable, a pesar de que lo previsible tampoco se escape a sus dentelladas. Todo está bien construido en una locura que no pretende captar adeptos a lo draculino ni provocar escalofríos sino distraer sin derramamiento de sangre obligado. |