Hace años, existía en Televisión Española un concurso titulado
Si lo sé, no vengo. Algo parecido se extrae de una comedia que tiene más de disparate que de entretenimiento. La pareja protagonista, futuros marido y mujer siguiendo la tradición como dios manda, poco a poco, observa como las intromisiones maternales de una parte hacen del enlace el comienzo de un des-enlace previsible. La audiencia se dará cuenta del error sin muchas secuencias. Convertir en gracioso lo que es un concatenación de situaciones amparándose en la risa fácil certifican que ver cine perjudica seriamente la salud. Los amantes tortolitos carecen de personalidad por un guion nada particular. Se amparan en aquello de que, cuando toca boda, la influencia materna es más poderosa que las decisiones de los contrayentes. Si, encima, la procedencia familiar de cada está en las antípodas, se juntan los ingredientes necesarios para que la organización del casamiento corra a costa de quien tiene dinero.
En una boda se escuchaba hasta hace poco aquello de
‹‹pago yo porque soy el padre del novio››. Hoy, y más en este pastel cinematográfico indigesto, el argumento suena arcaico, no funciona porque, Catalina, madre de Regina y doña millonetis, quiere hacer del acontecimiento una prolongación de la parafernalia social. Como buena mujer de principios clasistas, es amante de la tradición que desea inculcar a través de este momento. El lío se forma al encontrarse con Carmen, una mujer andaluza a quien sus raíces humildes le tiran mucho y, quien, a su manera, también quiere imponer las reglas para consumar el acto casadero. Según la directora Chus Gutiérrez, recordada por
Retorno a Hansala, este encontronazo entre futuras suegras
‹‹Es una comedia extrema que lleva al límite a sus personajes para mostrarnos un mundo distorsionado del amor de dos madres y dos mujeres opuestas, pero con un objetivo común: controlar a su hija y a su hijo››.