La sinceridad con el pasado de una mujer pacífica y, hasta ahora, admirada por su tranquilidad de jubilada modélica es lo mejor de un trabajo que, ni mucho menos, representa un estandarte de Ozon. El resultado se anquilosa en el cine corriente dirigido con maestría sin elevar su espectro a cotas admirables. El retorcimiento de los lazos consanguíneos se agranda con la aparición de la hija culpando a su madre de una tragedia envuelta en la sospecha que jamás es denunciada. Los planteamientos hitchkonianos se acercan a la realidad de una película que acaba siendo tradicional en su género, salpicada por los aromas del otoño boscoso. El costumbrismo de la intriga moderada hace de la muerte un hilo conductor manido. Cuando cae el otoño es un manto neblinoso sobre el entretenimiento con actuaciones reseñables de la ancianidad que no tiene problemas en revelar su pasado. ¿Indecente, criticable para quienes presumen de moral limpia y tolerante?, ¿atormentado, exigido por los imperativos del momento?
Lo doméstico y lo rural dan paseos interminables abrazados por el buqué frondoso de una fotografía cuidada y ecológica que no embriaga ni se la puede reprochar desinterés. El resto es historia dentro de un argumento con el que Arguiñano cocinaría un pastel de textura y sabor a cuatro estaciones: primaveral por el olor de sus ingredientes escondidos, rodeado de frescura veraniega gracias a una musicalidad soleada, de colorido otoñal en las relaciones familiares y cercano al toque invernal que potencia la textura pringosa del distanciamiento biológico. |