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VACÍO EMOCIONAL CON TINTES DE BÚSQUEDA FAMILIAR
Película Romería
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica
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Las buenas intenciones no cristalizan siempre en resultados óptimos, ni tan siquiera apetecibles (aunque sea para el dolor, el recuerdo, la añoranza o la mezcla de todo que hace del trauma una búsqueda de movimiento dramático. Una exploración que, según se descubren cosas, lo farragoso supera a la clarividencia de los sueños o las intenciones del indagador. El hecho de escarbar sobre un pasado que se necesita actualizar no siempre conduce a soluciones rápidas. El ocultamiento consanguíneo, marcado por taponamientos sociales, se encarga de obstaculizar las buenas intenciones de quien acude a abrazar un respuesta fiel. Sí, el escudriñamiento es el sujeto presente de una película en la que ese proceso se transforma en planicie donde nadie planta cara a los obstáculos del presente ni analiza el pasado. Donde las preguntas son desviadas con argumentos efímeros o silenciadas. El recurso fácil de ilustrar lo sucedido a través del diario que desvela vidas dadas por muertas alimenta la necesidad de poner cara a sus protagonistas. Muestra un mundo idílico, lleno de jipismo entre dos personas que se sienten jóvenes porque gozan del tiempo estancado a golpe de heroína, sol, playa más algún embate de peyote y ayahuasca. Unos padres espectrales aparecen flotando gracias a sentimientos narrados que guían los pasos de una hija perdida entre los impedimentos sociales miedosos por reconocer épocas pasadas. Por aquel entonces, el SIDA copaba titulares y oscurecía los sufrimientos familiares.
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Siendo fiel al título, el contenido cinematográfico debería responder a un peregrinaje marcado por la devoción religiosa o la celebración de una fiesta pagana donde se come y baila, con la figura del santuario como norte de su brújula. Es posible que alguien pueda interpretar este acercamiento de Marina a la ciudad de Vigo como una odisea en busca de sus raíces pero todo es tan superficial, demasiado plano y poco emotivo que parece una justificación para armar la lectura audiovisual con tintes de memoria. Las evocaciones a la Santa Compaña no potencian un regionalismo que se ve sin sentirse. Nada y casi nadie atraen, poco levanta incógnitas en quien busca un camino por el que su curiosidad se sienta cómoda. Romería responde a ese periplo donde el sufrimiento es aceptar la omnipresencia del verbo aburrir. Las tramas familiares que se esconden detrás de lo que se enseña sí que son atractivas aunque estén mal presentadas y deficientemente desarrolladas. El entorno geográfico vivifica el contexto: Vigo, otro polo de La movida de los ochenta. La música de Siniestro Total con Bailaré sobre tu tumba marca uno de los momentos más épicos gracias a un ambiente verbenero donde euforia, desinhibición y decrepitud se dan la mano. Lástima que un entorno de fiesta popular termine convirtiéndose en una copia mala de la coreografía de Thriller coronada con elementos gallegos que recuerdan a Una historia de fantasmas. No se apuesta por el riesgo ni el reto sino que hurgar en la memoria se convierte en catarsis personal de la directora. |
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Cuando el nombre de quien ha dirigido una película capitaliza su éxito o valor, poniendo en segundo lugar al equipo que ha sustentado esa realización, algo cojea en el largometraje. Carla Simón entra en el grupo de quienes han sido tocados por la fama (nadie niega que no se lo haya trabajado) para quedar en un intento de permanencia que se recuerda con títulos previos de discutible factura. Más que el cierre de un círculo, esta romería puede identificarse con el crecimiento del cortometraje Carta a mi madre para mi hijo, su trabajo anterior. |
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