La frase de que el amor es para siempre no existe o si tiene vida debe concedérsele el derecho a morir y renovarse (si se da el caso). En ocasiones, alienados por la rutina familiar no nos damos cuenta de su existencia y, como es el caso, se necesita un impulso para que el barco del amor cambie de rumbo. A todo esto responde una comedia cercana y agradable que hace de la vergüenza una pata indispensable para su sujeción. Conocemos la chispa de Cesc Gay creando películas en las que el conflicto se presenta como algo esencial en su filmografía, y acercarnos a su explosión de manera inesperada. No va tejiendo un entramado con huecos por donde la tragedia y la reconciliación encuentran un camino para desarrollarse sino que se limita a crear espacios de narrativa cómica que conducen a lo inesperado, dirigido, como en esta ocasión, por una cabeza protagónica. Nora Navas hace un papel excelente que salva del aburrimiento el encuentro y desenvolvimiento posterior. Un encontronazo que sirve como anécdota para lanzar los misiles de la necesidad amatoria empolvada. Es el estímulo que pone en guardia a Eva sobre algo dormido en su corazón, acentuado por una estampa de besos y achuchones enamorados entre desconocidos. Muchas veces necesitamos este empujón para dejar atras de una comodidad convertida en rutina familiar.
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El suceso muere igual que nace: fugaz, pero saca las pinturas de la nueva mujer, la nueva Eva. No es que Juan Diego Botto esté en el mejor momento pero cumple con honores. Su comprensión le refugian en el paraguas antimacho que no hace de la ira un identificativo relacional con su mujer. Quizás tanta indulgencia le hace poco creíble aunque de comportamiento veraz. El otro lado de la cuerda muestra la fidelidad por la relación monótona, alguien que ahora siente haber perdido la llama del amor. La chispa de las primeras miradas, los besos interminables o los abrazos eternos son deseados por Eva a través de un efecto adolescente que quiere reivindicar como mujer deseada. Las palabras malinterpretadas conducen a una verdad sin entender. Suspendidas en el vacío de la apreciación externa, vuelven todo patas arriba, comenzando por la vida de ella. Es la repetición del chiste a través del cual el soldado confunde los significados del vocablo, llegando a llamar quepo a su superior en vez de cabo. La conclusión es que, muchas veces, merece guardarse las cosas en el fuero interno antes que contárselas a amigos capaces de distorsionar los sucesos. La agilidad de los diálogos se pierde entre situaciones que completan una duración correcta, noventa minutos, para un largometraje risorio y superficial, clavado por Nora Navas, no me cansaré de repetirlo. |