Si cogemos a tres mujeres y las metemos en una coctelera llamada Bombay, el conflicto, la crítica social y la
obligatoriedad del ensalzamiento se dan por seguras en un largometraje tramposo. A continuación, la pericia de Payal Kapadia es la encargada de adornar este paisaje a través de elementos que elevan lo cotidiano a metafísica vitalista con potencial de cartonaje claroscuro. Su segundo trabajo arranca con inteligencia documental, haciendo de la cámara el espejo de un mundo donde el día y la noche poseen la misma vitalidad. Las imágenes dejan claro que en la capital del
estado de Maharashtra está prohibido no vivir, donde la llegada se convierte en bombeo para su corazón que busca un mundo mejor sin el acoso de la policía migratoria. Esta visión global de una pobreza mimetizada en cotidianidad no borra los rostros sonrientes de quienes no saben lo que van a encontrar. Su búsqueda es la gasolina de cada momento.
La oscuridad provocada por la noche como sinfonía de su encadenamiento alimenta las expectativas de una acción que pronto, y gracias a la individualización del protagonismo humano, va perdiendo, o despojándose, de sello distintivo. Entonces aparecen los corazones solitarios con cuerpo de mujer y hombre, los anhelos de la espera perpetua, los casamientos obligados por la tradición. La fraternidad entre Anu y Prabha, compañeras de trabajo, encuentran en Parvaty la tercera línea para cerrar un triángulo con protagonismo humano, marcado por la falta de raíces y la obligatoriedad del desahucio por cuestiones legales. La incomodidad se instala en sus vidas aunque en alguna exista una necesidad hormonal de mantener sexo con su novio. Todo un batiburrillo de emociones donde los detalles que buscan tocar el corazón encuentran un pasto frondoso; la filosofía fácil que desconcierta a la sensibilidad profunda.