Los creyentes en los fenómenos paranormales enlazan con facilidad lío sobrenatural con lo misterioso. Ahora no es momento de creer sino de aceptar, de tragarse algo presentado como parte de un menú más cercano a una cocina disruptiva que a la gastronomía de fusión. El entrante concebido como
falso documental sabe a fidelidad plastificada en formato 4:3 respetuoso con la fidelidad artesanal del mundo analógico. Las imágenes se apoyan en un realismo trastornado. Este cine B tiene mucho de vídeo doméstico en algunas escenas con escenas el recuerdo a la saga de
Paranormal Activity. La intriga buscada se deja guiar por la esquizofrenia de la búsqueda familiar ante una desaparición apropiada como titular de
El Caso. La ópera prima de
Chris Stuckmann (centrado en la dirección televisiva, el corto y el
pódcast se queda en una aceptación para los enamorados del terror fácil, exento de suspense. El miedo existencial se ahoga en caras de fotogenia
youtubera sin arrebatar el corazón del espectador entregado, abducido por una angustia que jamás sale del cascarón. El cineasta de Ohio no es
Rob Reiner ni
Orson Welles, dos creadores del falso documental como género serio capaz de asustar al mundo con sus mentes retorcidas. Stuckmann es un aprendiz del género con mucho camino por recorrer a pesar de que su canal en Youtube le convierta en un
Flautista de Hamelin capaz de enganchar a una legión de seguidores digitales.
La maldición de Sherlby Oaks igitales se retuerce en un estercolero cubierto por gritos purulentos y sustos malolientes a carreras benéficas.