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RECUERDO LAXO DE UN HUMORISTA INSUSTITUIBLE
Película ¿Es el enemigo? La película de Gila


J. G.
(Madrid, España)

¿Es el enemigo? La película de Gila
Ficha Técnica Video    
El humor de Miguel Gila se entiende y disfruta mejor leyendo sus monólogos que viendo una película deficiente adaptada a su persona. Y es que su voz, su interpretación y la manera de reírse del mundo eran únicas. Pero ante todo se burló de la guerra cuando le tocó probar su metralla y sinsentido. La comedia de Alexis Morante con toques ácidos de denuncia bélica se queda en intentona a la que nadie quita buena intención, refugiada en el espejismo de un recuerdo a la persona que ningún imitador será capaz de rozar. Ni siquiera en el tono de su voz. ¿O debería decirse debido al tono que lo consagró particular e irrepetible? Hacer de una frase suya el título de un producto secundario resulta pedante, molesto, nada novedoso y sombra de los peores augurios. Si lo que se pretende es retratar un periodo de su vida, marcado por la Guerra Civil Española, se queda corto. El personaje que la envistió hasta despistarla con recortes toreros se pone delante de la cámara para distraer momentos duros. Esos gags que luego se convertirían en marca (el teléfono, la frase que titula este largometraje) no representan el espíritu de un hombre que toreó a la contienda a través con ironía, alguien que supo hacer de los cañonazos sus propias bombas de la paz, un personaje que además de ser humano vio en el momento conflictivo un aliado para estabilizar una paz tensa.
 
Gila feliz antes de comenzar la Guerra Civil Española  
Desconcierto en la población ante el estallido de la contienda

¿Es el enemigo? La película de Gila se queda corta al separar la figura del militante a quien le tocó posicionarse en una batalla, del cómico y dibujante que encaró el momento con tristeza y la esperanza callada que se negaba a perder la moral. La narración hace una entrada sosa y desgarbada de la contienda española para presentarla como una lucha mantenida en un fuerte Comanche o esos escenarios dominados por figurines, salpicando entre el temor de unos y el patriotismo envalentonado de otros. Las aproximaciones a La Vaquilla aparecen como una carencia imaginativa para crear sello propio. Las interpretaciones, que ponen mucho de su parte, no cuajan por esa falta de dramatismo incluso risible, ni tan siquiera en los momentos donde las reuniones eran el corazón de un periodo marcado por la soledad y la ruptura patria. El entretenimiento irregular pone en duda una calidad argumental siendo los momentos del último tramo, con potencia de tebeo, los que dan más fuerza al relato. Son demasiado rápidos para contar circunstancias que exigen una descripción reposada y más precisa. Lo forzado se va ahorcando en la memoria de alguien que no necesita una reproducción tan baja.

Gila y su teléfono despistando al miedo en el campo de batalla  
El soldado Miguel Gila  (en el medio) jnto a algunos compañeros de lucha

La caracterización de Miguel Gila es un chiste sin gracia, una caricatura expresiva aunque existan entonaciones que quieran imitarlo. Se deja ver con aburrimiento poniendo en relieve el trabajo de vestuario y localización de exteriores. En este apartado, el cuidado es exquisito, aspecto descuidado en el protagonista y sus comentarios. Nadie podrá imitar a Gila como era. Estos elementos no pueden disculpar los fallos de un trabajo que se presenta como entretenido y dramático para quedarse en sopor que encaja en la programación de madrugada o para que quienes que no concilian el sueño en un hospital pasen el rato al ver que su enfermedad no es lo peor que existe en este mundo.
A través de la agudeza de una figura irrepetible en la comicidad se quiere hablar de la estupidez del combate sin que llegue a cuajar. La chispa del humorista madrileño queda rebajada a anécdota en un periodo de su vida marcado por la tragedia común. Sus soliloquios son el diario de sesiones de un gracejo tan cáustico como surrealista, lo contrario a este largometraje.

J. G.


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