Nada debe considerarse inamovible en el cine. Sin embargo, existen largometrajes que es mejor dejarlos como están que modificar su genialidad. Y esto es lo que sucede con la obra cumbre de Carlos Saura, La caza. Hay argumentos que, como es el caso, sirven para reencontrar lugares, épocas y momentos adaptados a la realidad como un ejercicio sutil de memoria y falsa inteligencia. El acercamiento a lo mediocre se aproxima a una ficción correcta, alejada de la intención que instaura al clásico en la posteridad. Se queda en el recuerdo anecdótico del maestro que hizo vibrar a la Berlinale en 1966 y fue capaz de burlar la censura franquista con un reduccionismo lingüístico imperante en su época e innecesario en el siglo XXI.
La película del cineasta y fotógrafo oscense en la que se basa un argumento reconciliador originalmente se llamaba La caza del conejo. Su título sin castrar era ofensivo para los preceptos morales de un país donde el terrateniente se consideraba un reyezuelo. La defensa del censor falangista Arroita-Jáuregui facilitó su salida de la frontera española para poder patrocinarse en el escenario europeo. El enfoque inquietante creado por Saura se guillotina a golpe de ágape campestre con dron incluido mientras la identidad de una nueva España disfraza intenciones a través de la ritualidad social.
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Hace más de medio siglo que la dictadura de Franco murió y el cine contribuye a releer una pieza capital de su biblioteca y mente atemporales. A pesar de que la intención propuesta por Pedro Aguilera es buena y se puedan encontrar intenciones positivas, esta cacería montada en el vigor femíneo deja muchos flecos colgando, interesando más la evolución del desencanto humano que su desenlace. El tufo latifundista sigue comandando una ambientación llena de cigarras y tierras cayetanas. El triunfalismo español capitalista exhibe su poder junto a los fracasos, los errores insostenibles y la necesidad de embaucar a otras personas en un proyecto especulador. Se lanzan las redes para atrapar a la víctima en una caza adornada por la exclusividad que el triunfo profesional permite restregar. Elementos femeninos como la decaída hormonal o el tortazo sentimental están presentes al tiempo que la adicción alcohólica capitaneada por Carmen Machi condimentan su salsa de mujer independiente y sola, abandonada como el resto de compañeras en esta jornada campestre elitista. Rossy de Palma y Zoé Arnao mantienen el estatus de espíritus independientes mientras su presencia es absorbida por el entorno. Son víctimas de lo que generan: la decadencia que busca un suicidio a través del orgullo insatisfecho. Afortunadamente, la solidez interpretativa de Blanca Portillo alimenta momentos que pasan de la reunión amigable al despertar del rencor humano con aburrimiento depredador. La comunicación artificial, apoyada por la calorina, estomaga. El jornalero que sobrevive gracias a la miseria de la potentada salva la vulgaridad, tiene fuerza, agarre, conecta con la solidaridad del público y algo recuerda a Paco en Los santos inocentes. El calor impregna un acción cada vez más pantanosa, que reactiva rencores, odios y venganzas en esta cacería. No hacen falta perros para levantar liebres o conejos cuando el hambre sabueso de las tres protagonistas se ensaña en una batida extremeña. La originalidad de esta reescritura, lejos de recordar a su inspiración, se apoya en la fotografía alimentada por un silencio penetrante visualizador de la soledad masticada en espacios abiertos privados, como algunos corazones solitarios. |